Cuarenta y cinco segundos. Ese fue el tiempo exacto que duraron los dos terremotos simultáneos que sacudieron a Venezuela.
Parece un suspiro en el reloj, pero en ese instante eterno, el mundo se detuvo. En cuarenta y cinco segundos se perdieron vidas, se derrumbaron pertenencias y el pánico nos atrapó por completo. Me atrapó a mí.
Lo que vino después fue una avalancha de miedo, desesperación y angustia. Todo pasaba por mi mente a una velocidad aterradora; sentía que no podía pensar con claridad, pero en medio del caos, mi único instinto fue proteger a mi hijo y a mis gatos.
Cuando la tierra finalmente dejó de moverse, nos quedó el silencio y una certeza profunda: millones de venezolanos recibimos una segunda oportunidad. Algunos lo perdieron todo; otros sufrieron pérdidas parciales o mínimas, y algunos no tuvieron daños materiales ni familiares.
Sin embargo, todos, absolutamente todos, quedamos unidos por la misma tregua que nos dio la vida. Nos quedó la oportunidad de reflexionar sobre la fragilidad de nuestra existencia. En apenas cuarenta y cinco segundos, todo lo que conocemos se puede esfumar.
Este evento me ha llevado a mirarme por dentro y a cuestionarme, como suelo hacerlo, qué tipo de ser humano soy.
- ¿Cómo trato a los demás?
- ¿De qué manera contesto cuando me hablan?
- ¿Cómo me relaciono con mi familia y cómo le demuestro amor al prójimo?
- ¿Cómo me conecto con Dios?
Son demasiadas preguntas que, como humanidad, deberíamos hacernos más seguido. La vida es un suspiro. En cualquier momento, sin previo aviso y sin derecho a réplica, la vamos a perder.
Por eso, mi primera y más grande reflexión es la necesidad de conectar con Dios, según tus propias creencias. Debemos aprender a ser mejores seres humanos, a ayudar a quien lo necesita y a hacer el bien sin mirar a quién.
En este mundo hay personas que viven únicamente para lo material; seres egoístas, cegados por un ego que les hace creerse superiores, más inteligentes o afortunados, utilizando esa falsa ventaja para maltratar o humillar a otros. Pero la naturaleza nos recuerda con brutal honestidad que, en cuarenta y cinco segundos, todos somos exactamente iguales. Ante la fuerza de la tierra, los títulos y las riquezas se vuelven polvo.
Es el momento de despertar, de ser buenos seres humanos y amar al prójimo. Necesitamos entender a nuestros familiares y aprender a escuchar a las personas que nos rodean, no para reaccionar o contestarles de inmediato, sino para comprenderlas de verdad. Es hora de compartir tiempo de calidad con quienes amamos, de ser tolerantes, de sentarnos a comer en familia sin la urgencia de imponer siempre nuestro punto de vista. Debemos aprender a buscar puntos intermedios con las personas que forman parte de nuestro día a día: nuestra familia, nuestros amigos y nuestros compañeros de trabajo.
En resumen, nos urge ser mejores.
Que esta tragedia de cuarenta y cinco segundos no pase en vano; que nos permita revisarnos por dentro y entender que, como dice el sabio proverbio: «No podemos controlar el viento, pero sí podemos ajustar nuestras velas». La vida y su fuerza no dependen de nosotros, pero nuestro comportamiento y la dirección que decidimos darle a nuestro corazón mientras la tenemos, sí.
– Gladys Viginia Hernández, Coach.